La mañana siguiente amaneció gris, como si el cielo hubiera decidido acompañar el peso que Emilia sentía en el pecho. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la mirada rota de aquel joven en el hospital… la mezcla de desesperación, rabia y amor que casi lo llevó a destruirlo todo.
Se levantó despacio, cuidando no despertar a Fiorela, que dormía acurrucada como un pequeño capullo rosado en su cuna. Ezequiel, abrazado a su peluche de zorro, respiraba tranquilo. Lucas ya