Hugo contemplaba el mapa extendido sobre la mesa de roble de su despacho. Era tarde, la ciudad ya dormía, pero su mente hervía de planes como un volcán al borde de la erupción. La luz amarillenta de la lámpara de escritorio proyectaba su sombra larga y torcida sobre los muros, recordándole cada segundo que su tiempo se agotaba. No podía permitirse otra derrota. Si la familia Thoberck había celebrado con copas y risas la caída de sus viejas intrigas, pronto sabrían que lo suyo era apenas el comi