El aire en la oficina de la Agencia estaba cargado de tensión. Emilia repasaba una y otra vez las pruebas que habían logrado obtener en la discoteca: videos, fotografías, listas de nombres, transferencias electrónicas. Todo indicaba que no se trataba de un simple negocio clandestino, sino de una red perfectamente organizada que tenía raíces en la alta sociedad.
Maike, recostado en la silla con expresión grave, rompió el silencio.
—Emilia… hay algo que no me cuadra. Todos los nombres que hemos