La música seguía retumbando en la discoteca, pero Emilia ya no oía nada. Su atención estaba clavada en el hombre trajeado que, con una calma escalofriante, daba órdenes a dos sujetos que parecían sus guardaespaldas. En la mesa, varias bolsas pequeñas con polvo blanco se mezclaban con copas de licor, y en un rincón una joven apenas consciente era arrastrada hacia otra habitación.
—Ese es el cabecilla —susurró Maike, apretando los dientes.
Emilia asintió con firmeza, memorizando cada detalle. —L