Nunca imaginé que el primer gran golpe no vendría del mundo profesional, sino del lugar más frágil: la confianza.
El proyecto avanzaba rápido. Demasiado bien para el gusto de algunos.
Desde el primer día, yo había asumido el liderazgo natural del grupo. No porque quisiera imponerme, sino porque nadie más estaba dispuesto a ordenar el caos. Santiago era mi apoyo silencioso, constante, inteligente. Nos complementábamos. Y eso… eso se notaba. Demasiado.
Anaís observaba. Siempre observaba.
Martí, e