El aula estaba llena de murmullos cuando entré, pero yo solo sentía una cosa: la calma distinta que llega cuando ya no dudas de a quién elegiste.
Santiago estaba sentado dos filas más adelante. Su espalda recta, su manera relajada de ocupar el espacio… y esa sensación absurda pero real de que, aunque estuviéramos rodeados de gente, había algo invisible que nos unía. Algo que nadie podía ver, pero que yo sentía en la piel desde aquella noche en que dejamos de huir.
Desde que estuvimos juntos, al