POV: Franco
El silencio no existía. Lo había creído una herramienta de la Duda, pero al deslizarse la pesada bóveda de acero, fui golpeado por dos sonidos opuestos que conformaban la única Verdad que quedaba: la calma absoluta de la Cripta y el rugido sordo y lejano de las explosiones de C4, el aullido de mi hermano, la Sangre que se batía en la fachada.
Estábamos en la Raíz, el lugar donde se gestaba la podredumbre.
Mis ojos, entrenados para el combate nocturno, se fijaron en la figura sentada en la silla de piedra: el Dueño Ausente. Mi padre. Vestido de lino blanco, inmaculado, como un sacerdote esperando su sacrificio. Era la antítesis del hombre que yo recordaba, el tirano que vestía de sombra.
Pero no era el Dueño Ausente lo que me congeló. Era la mujer a su lado, la Matriarca Moretti, Giulietta. Elegancia pura, ojos de hielo que me analizaban sin parpadear. El collar de su cuello no era una joya; era la Gema del Legado, pulsando con una luz azul tenue.
Mi mano se apretó alrededor