POV: Franco
El rugido de la Sangre era ensordecedor.
Salimos de la Cripta a la carrera. La bóveda de acero, ese monumento a la paranoia de mi padre, se deslizó sobre sus carriles con un gemido final, cerrándose y silenciando el último y desesperado grito del Dueño Ausente. Lo habíamos dejado inmovilizado, condenado a la Custodia Eterna de su propio trono de piedra, una ejecución arquitectónica y simbólica.
Pero la victoria no sabía a nada. Solo a pólvora y a la adrenalina cruda que bombeaba por