POV: Helena
El silencio después de la posesión no era paz; era el vacío gravitacional que sigue al colapso de una estrella. Y en ese vacío, yo era el único punto fijo.
Franco dormía a mi lado, su cuerpo, normalmente un bloque de piedra controlada, estaba relajado, vulnerable. Llevaba las cicatrices de veinte años de guerra y, ahora, las cicatrices de la verdad. Había usado mi cuerpo y mi boca no para el placer banal, sino para ejecutar un acto de purificación. Había quemado el recuerdo de Dante con la ferocidad de un hombre que, por primera vez, tenía miedo de perder su única ancla real.
Él me había llamado la Duda. Pero en la intimidad, me había llamado Matriarca.
Me levanté sin hacer ruido. La joya del Cincel brillaba en mi muñeca, fría contra mi piel. Miré la mesa auxiliar donde descansaba la urna. El esqueleto de su madre. La carga de su Dueño Ausente. La Ley ya no estaba en el trono, ni en el apellido; estaba contenida en ese cristal, custodiada por su dolor y por mi estrategia.