POV: Helena
El olor a pino quemado y salitre se mezclaba en el aire frío del Monte Athos. Llevaba mi ropa de Aleksandar, mis hombros anchos y mi andar pesado, pero por dentro ardía con la conciencia recién tatuada de lo que era: la pieza principal, la Matriarca diseñada. El pequeño símbolo de la luna menguante sobre el martillo, justo debajo de mi clavícula, era una advertencia silenciosa a Dante, y una declaración de guerra personal a Franco.
Mi misión: atraer al Dueño de la Sangre, Dante Bianchi, al Puerto Clandestino de Kastoria.
Había dejado el campamento de las Viudas Negras al anochecer, siguiendo un sendero trazado por Ioannis, que descendía hacia la costa oeste. La única forma de atraer a Dante era jugar con su ego y su ambición. Él no creería en una retirada simple. Creería en una traición oportuna.
Usé mi teléfono satelital, enviando un mensaje codificado directamente al número que Franco me había dado para Dante (un número que databa de la época de su encarcelamiento, prue