POV: Franco
El muelle de Kastoria olía a sal, sangre y la desesperación de un Dueño derrocado. Dante Bianchi estaba inmovilizado, su brazo sangraba profusamente por el tajo limpio del Cincel. Lo había desarmado y atado con las cuerdas de la misma lancha que había usado para llegar. No era un prisionero cualquiera; era la pieza que me faltaba, el Dueño de la Sangre.
Pero antes de asegurar el rehén, tuve que asegurar a mi esposa.
Me acerqué a Helena. La furia en mi pecho no era por Dante, sino por la traición que su beso forzado representaba, y el recuerdo de su fragilidad ante él. Vi la sangre de Dante en el labio de Helena. La limpié con mi pulgar, un gesto que era mitad caricia, mitad promesa de venganza.
—Tú y yo tenemos una conversación pendiente sobre lo que significa seducir a un Dueño. Y te aseguro, Helena, que el precio de la posesión ha subido —le dije.
Ella no se acobardó. Sus ojos, profundos y oscuros, ardían con una mezcla de desafío y adrenalina. Había hecho lo que le ped