Alejandro no preguntó.
Abrió la puerta, me vio la cara, y se hizo a un lado para dejarme pasar. Eso era Alejandro en su mejor versión: saber cuándo las preguntas sobran.
Subí a mi habitación. Me senté en el suelo con la espalda contra la cama. Y por primera vez desde que salí del despacho de Adrián, dejé que lo que sentía tomara la temperatura que le correspondía.
Fue rabia primero.
No la rabia fría de la constatación inicial. La rabia caliente de quien entiende que fue estudiada, catalogada, a