Había algo en el despacho de Adrián que yo nunca había abierto.
No porque me lo hubiera prohibido. Nunca me prohibió nada en esa casa. Sino porque había una carpeta en el segundo cajón del escritorio que él siempre cerraba antes de que yo entrara, un gesto tan habitual y tan poco disimulado que se había vuelto parte del paisaje, como los libros en las estanterías o el mapa en la pared.
Lo noté la primera semana. Lo volví a notar la segunda. Para la tercera había decidido que no era asunto mío y