Los días que siguieron fueron distintos a todos los anteriores.
No había urgencias. No había mensajes a medianoche ni reuniones en almacenes ni análisis de datos en las tres de la madrugada. La casa del norte tenía una quietud diferente, no la quietud tensa de antes de algo, sino la quietud real de cuando lo que tenía que pasar ya pasó.
Me quedé una semana más después del acuerdo con Dante. No porque fuera necesario desde el punto de vista de la seguridad, sino porque ninguno de los dos propuso