El almacén ardía desde hacía cuarenta minutos cuando llegamos al sector este.
Los bomberos ya estaban allí, pero el fuego había ganado demasiado terreno antes de que llamaran. Las llamas salían por las ventanas del segundo piso con esa violencia tranquila del fuego que ya no necesita alimentarse de otra cosa que no sea sí mismo. El humo era negro y denso y olía a plástico quemado y a algo más, un olor acre y químico que Adrián reconoció antes que yo.
—Acelerante —dijo, con la mandíbula apretada