A la mañana siguiente, Marco me esperaba en la cocina con café hecho y una expresión que era el equivalente humano de un expediente de investigación.
—Siéntate —dijo, con la amabilidad justa de quien no pretende ser tu amigo pero tampoco tu enemigo.
Me senté. Cogí el café. Lo miré por encima del borde de la taza.
—¿Adrián sabe que vas a hacerme preguntas? —pregunté.
—Adrián me pidió que hablara contigo —dijo, lo cual era diferente a que lo supiera y lo mismo para los efectos prácticos—. Necesit