Adrián tardó tres horas en explicarme la estructura de lo que él llamaba, sin grandilocuencia, "el negocio".
No era un monólogo. Era una conversación, con preguntas mías y respuestas suyas, y a veces con Marco añadiendo datos desde el otro lado de la mesa con la eficiencia de una enciclopedia humana. Había café. Había mapas sobre la mesa. Y había, por primera vez desde que llegué a esta casa, la sensación de que me estaban tratando como alguien capaz de entender lo que estaba escuchando.
La Cor