La lluvia finalmente había desaparecido, dejando tras de sí un silencio limpio y renovado. Después de días enteros cubriendo el territorio con un manto gris, el cielo se abrió lentamente esa noche, permitiendo que una luna imponente e inmaculada iluminara el bosque húmedo. El reflejo plateado se colaba por los ventanales de la mansión, bañándolo todo en una calma real. No esa tregua disfrazada que habían vivido semanas atrás, sino una ligereza genuina.
Incluso la manada parecía respirar con un