La felicidad empezó a instalarse en los pequeños detalles. Detalles tan absurdamente cotidianos que, honestamente, daban miedo.
Porque Lía ya no despertaba con el corazón acelerado, repasando rutas de escape en su cabeza ni revisando si tenía las botas listas junto a la cama. Ahora, abría los ojos y buscaba de forma automática el calor abrasador de Kael entre las sábanas. Y cuando no lo encontraba... lo extrañaba. Ese vacío matutino era nuevo. Peligrosamente nuevo.
La luz plateada del amanecer