Había algo profundamente peligroso en la felicidad. Algo silencioso y traicionero. Porque no llegaba con estruendos ni advertencias; se filtraba despacio, casi sin pedir permiso, instalándose en las grietas de la rutina hasta que, de pronto, se volvía tan necesaria como el aire.
Eso era exactamente lo que le estaba ocurriendo a Lía. La mansión, que antes le parecía un laberinto de piedra fría y secretos de sangre, ahora se sentía… cálida. Ya conocía los crujidos exactos de la madera durante la