El hogar no siempre era un lugar delimitado por cuatro paredes de piedra o un mapa de territorios conquistados. A veces, el hogar era una frecuencia, un latido, una persona. Y Lía estaba empezando a entenderlo en la calidez de los pequeños momentos, en esos detalles que no se gritan, pero que retumban más fuerte que un aullido en la noche.
Lo sentía en la manera en que Kael buscaba su mano de forma inconsciente cuando caminaban por los pasillos, como si necesitara ese contacto para recordar que