La casa ya no se sentía igual.
No era solo el espacio, ni los muros amplios de madera, ni las ventanas que dejaban entrar la luz del bosque en cada rincón. Era algo más profundo, algo que no se podía ver pero sí sentir… como una presencia constante que lo envolvía todo.
Lía lo percibía en cada paso.
Desde que Kael había decidido que se quedara ahí —no como invitada, sino como alguien que pertenecía—, todo había cambiado. La forma en que los miembros de la manada la miraban, la manera en que el