Como una mujer nueva se sintió Eris al salir de su lecho por la mañana. En su encuentro con el Asko había dejado atrás a la joven sacada de su frío hogar y llevada a un palacio más frío todavía. Era una mujer más fuerte ahora, una con un propósito más claro y determinada a cumplirlo sin miramientos.
Mientras las dos esposas empalidecían y apenas probaban bocado en la mesa, Eris se aseguraba de alimentarse como era debido, para que sus piernas y brazos, lejos de la vida dura de las montañas, no