El tibio calor que manaba del cuerpo del Asko le daba a Eris el valor para continuar. Aunque había visto al rey fornicar con sus mujeres, ser ella la que recibía tales atenciones era muy diferente. La sangre le ardía en las venas, su cuerpo entero había caído bajo los encantos del prisionero bestial, que arrancaba cabezas con sus manos, pero que a ella la acariciaba con una delicadeza conmovedora. La veneraba con sus besos, la extasiaba con su toque.
Un sonido que Eris no reconoció como suyo