XIX La única
Eris y las otras dos esposas esperaban frente a las puertas del salón de fiestas. Ellas estaban cogidas de la mano y tenían la expresión desesperanzada de ser conducidas al matadero. Balbuceaban entre ellas, Eris supuso que oraban. Quiso orar también, pero habían demasiados pensamientos pululando en su cabeza, la mitad sobre lo que planeaba hacer el rey y la otra sobre el Asko.

Besó la pulsera con las piedras naranjas y suspiró, al tiempo que Nov abría las puertas para ellas.

Las hermanas n
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