Sin despegar los ojos de la copa en manos de Eris, Eladius cayó de rodillas, perdida toda la esperanza de impedir la tragedia. Había llegado demasiado tarde y su Lebé estaba condenada a pagar el precio de tamaña traición.
—¿Cómo has sido capaz? —preguntó, señalando a Nov con el dedo en un acto de valentía del que no se habría creído capaz—. Los dioses son testigos de tus actos y se encargarán de ti tarde o temprano —se limpió el rostro, donde se mezclaban en igual abundancia el sudor con las l