Pensar que él, el presidente del Grupo Morelli, siempre estaba rodeado de personas que lo adulaban e intentaban quedar bien con él, y esta mujercita no solo lo ignoraba, sino que lo corría una y otra vez. Su ego sufrió un golpe severo y se sintió de verdad herido. La tristeza pronto dio paso a una expresión apesadumbrada, esa cara inexpresiva que solía poner cuando algo le molestaba.
Tanto que, cuando Mina salió de la cocina con el desayuno y se topó con él, sintió un escalofrío. Se preguntó qué le pasaba a ese joven; había entrado al cuarto un momento y su cara de escultura griega se había transformado en la de un juez severo. ¿Cindy lo había molestado? Pero no tenía sentido; él era alto, musculoso y con porte, no parecía alguien a quien una mujer pudiera intimidar.
Mina miró a Paolo con desconcierto y luego a Cindy, que sonreía con inocencia.
—Ya despertaste —dijo Mina, tratando de sonar casual—. El desayuno está listo, siéntense a comer.
Cristina miró a Paolo de reojo y le dedicó u