En un abrir y cerrar de ojos, transcurrió un mes entero. Paolo seguía sin aparecer.
La angustia carcomía a Cristina. Para colmo, la señora Sofia no había regresado a la mansión, dejándola sin nadie con quien desahogarse o pedir un consejo. Los únicos que transitaban por los pasillos eran los guardias de traje. De todo el personal, la única cara familiar era la de Michel.
Por obvias razones, el asistente se convirtió en su única fuente de consuelo.
—El jefe sigue de viaje de negocios.
Esa era la