Cristina sonrió entre lágrimas. Al ver su actitud chantajista, lo miró profundamente, tratando de descifrar las emociones en sus ojos, y bajó la cabeza en silencio. Paolo sonrió, la miró y le limpió una lágrima de la comisura del ojo.
—Ya no llores. Van a pensar que te estoy maltratando.
—¡Deja de decir tonterías! ¿No puedes ser serio ni un minuto? —La cara de Cristina se sonrojó de nuevo sin darse cuenta.
Paolo sonrió y le pasó el dedo por la nariz respingada.
—Si me pongo serio te vas a aburrir. Ándale, ponte la ropa y acompáñame.
—¿A dónde? No voy a ir a tu casa como dócil corderito para que abuses de mí —Cristina le puso los ojos en blanco.
Paolo levantó la mirada para recibir su desdén, y sus pupilas se contrajeron.
—Esas palabras no le quedan a una dama. Y deja de mirarme así, que mi corazón no aguanta. Ayer prometiste curarme la herida, ¿cómo le vas a hacer si no vamos a la casa?
—¡Pues te curo aquí y ya! —replicó ella, poco convencida.
Paolo la miró y se rio con sorna.
—Te dij