SIENNA
— Ya es hora.
La voz de Massimo resuena en la oficina, tan fría y autoritaria como siempre. Me enderezo de inmediato dentro de la jaula, parpadeando para enfocarlo mientras entra con paso firme. Lleva puesta una chaqueta ligera sobre una camisa blanca impecable, abierta en el cuello. Se ve relajado… pero eso no me engaña.
Frunzo el ceño.
— ¿No crees que debería desayunar primero? —reprocho, cruzándome de brazos como defensa. Mi hombro, aun resentido, protesta ante esta acción. Lo cierto