MASSIMO
No me he movido de la cama en horas. Son las nueve de la mañana y, aunque el sol se filtra por las cortinas, no tengo intención de levantarme todavía. Es el único día de la semana en el que me permito este lujo. No hay reuniones. No hay llamadas. No hay responsabilidades. El mundo puede arder allá afuera, pero mi domingo es sagrado.
Sigo tumbado entre las sábanas de algodón egipcio con el teléfono apoyado en mi pecho. Observo una de las cámaras de vigilancia con una tranquilidad casi ext