41. Jacque
Fausto.
Abrí los ojos de golpe, tratando de orientarme, cuando noté las paredes y el techo blancos, desconocidos para mí.
Me incorporé rápidamente, sintiendo un dolor punzante en todo el cuerpo, pero el mareo que me invadió en ese momento amortiguó el impacto.
—¡No, Fausto, no hagas eso! —chilló César, acercándose a la camilla para obligarme a recostarme de nuevo.
Tardé un segundo en procesar todo.
Mi hermano estaba ahí, con ropa deportiva, parado frente a mí. En el sillón negro del fondo, Indr