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37. Nadie quiere flores muertas

Indra.

Chetumal, Quintana Roo.

El olor a flores era lo que más me gustaba de las casas de Fausto. Todas tenían enormes ramos naturales en las entradas.

Las rosas eran perfectamente blancas. Ni una sola marchita.

El aroma que emanaban era tranquilizador.

Me calmaban y Fausto lo sabía. Había ordenado siempre tener las casas repletas de rosas blancas.

Eran un recordatorio de que yo también lo estaba. Viva.

—Son igual de bonitas que tú —había dicho Fausto.

A las rosas incluso les habían quitado l
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