—Señorita Torres, afuera no hay asientos para invitadas —dijo Josefa con una sonrisa fría.
Carolina apretó los dientes y detuvo el paso que estaba a punto de dar.
Forzó una sonrisa y se giró fingiendo naturalidad:
—Sí, tengo que agradecerle a Valeria por su ayuda de ayer.
Una chispa de frialdad destelló en los ojos de Josefa.
—Señorita Torres, ¿es eso todo lo que le debe agradecer a Valeria?
Con alguien de posición tan baja, Josefa no se molestaba en andarse con rodeos.
Si el poder no servía pa