Al ver que el Señor Flores, sin importarle su propia presencia, intentaba expulsar tanto a ella como a Regina, la Señora Castro ya no pudo contenerse.
De repente, arrastró una silla y se sentó con firmeza.
—Creo que, sobre si se está difamando o no a la Señorita Flores, soy quien más derecho tiene a hablar aquí.
La Señora Castro soltó una risotada cargada de sarcasmo.
—La Señorita Flores siempre me pareció una joven dulce, considerada y sincera, por eso me gustaba tanto. Pero ahora veo que quizá