Una vez que se desvaneció toda esperanza con su hijo, Mónica ya ni siquiera se molestaba en mantener las apariencias.
Ahora que la Señora Castro ya no tenía valor para ella, ya no podía convertirse en su suegra; entonces Mónica la trataba como a una extraña.
En ese momento, Mónica ni siquiera miraba a la Señora Castro.
Su ceño fruncido dejaba clara su falta de bienvenida hacia Regina.
La Señora Castro estaba furiosa.
Esa expresión tan desagradable...
—Regina, vámonos —dijo la Señora Castro, toma