El aire en el estudio de televisión era una mezcla densa de anticipación y electricidad.
No era solo la humedad del aire acondicionado o el calor de los focos; era la tensión palpable de un país entero, conteniendo la respiración. Las luces deslumbraban con una intensidad casi dolorosa, haciendo que el escenario pareciera un campo de batalla iluminado. Las cámaras, gigantescos ojos robóticos, se movían con una precisión hipnótica, enfocando, paneando, acercándose, capturando cada tic nervioso,