Los días que siguieron a la gala fueron un torbellino. Nathaniel Vance se lanzó de lleno a la campaña presidencial, transformando su reciente heroísmo en un arma política. Los discursos se sucedían, las apariciones públicas se multiplicaban, y la imagen del presidente protector se forjaba con cada paso.
Su primera parada fue en un barrio obrero de Detroit, donde la economía se había resentido duramente en los últimos años. Vance, con las mangas de su camisa remangadas y una mirada empática, se m