El grito de la noche anterior, el eco de una voz familiar y amenazante, se había desvanecido en la oscuridad, dejando a Rebecca y a Ethan en una encrucijada peligrosa. En la quietud de su habitación, Nathaniel Vance dormía un sueño inquieto, ajeno al drama que se desarrollaba bajo su propio techo.
De repente, un golpe insistente en su puerta lo sacó del sopor.
—¡Señor! ¡Señor Vance! ¡Tuvimos una intrusión! —La voz de uno de sus guardias, cargada de urgencia, perforó el silencio.
Vance saltó de