El vapor de la ducha envolvía a Nathaniel Vance, pero la niebla en su mente era mucho más densa. La figura que tenía delante, la silueta que la había transportado a sus más profundos anhelos, era la de Anastasia. Sus ojos, fijos en ella, brillaban con una mezcla de incredulidad, éxtasis y una desesperación largamente reprimida. Cuatro años de soledad, de luto, de una vida despojada de amor, se desmoronaron en ese instante.
—Has vuelto, mi amor —susurró Vance, la voz quebrada por la emoción, sus