El mundo de Rebecca Thorne se había desmoronado.
La última palabra de Ellis, "muerto", resonó en sus oídos como el tañido de una campana fúnebre. El pequeño cuerpo inerte que Ellis sostenía, cubierto de sangre, se convirtió en el epicentro de su universo en ruinas. El terror la golpeó primero como un escalofrío que le heló la sangre en las venas, luego como el beso lúgubre y helado de la muerte de lo que más amaba. Sus ojos, ya hinchados por el dolor, se abrieron desmesuradamente, la negación una barrera desesperada contra la realidad.
—¡No! —gritó Rebecca, una voz desgarrada que vibró en el aire viciado del búnker—. ¡Es mentira! ¡Estás mintiendo, Ellis! ¡Mi hijo no está muerto! ¡No puede estarlo! Dámelo y deja de jugar.
Rebecca extendió sus brazos llenos de sangre hacia Ellis, suplicando que le diera a su hijo, pero Ellis retrocedió. No era bueno para ella verlo así, apuñalado, con el rostro… No, no estaba bien que una madre tuviera que ver la muerte de un hijo.
Rebecca, al ver que E