El mundo de Rebecca Thorne se había desmoronado.
La última palabra de Ellis, "muerto", resonó en sus oídos como el tañido de una campana fúnebre. El pequeño cuerpo inerte que Ellis sostenía, cubierto de sangre, se convirtió en el epicentro de su universo en ruinas. El terror la golpeó primero como un escalofrío que le heló la sangre en las venas, luego como el beso lúgubre y helado de la muerte de lo que más amaba. Sus ojos, ya hinchados por el dolor, se abrieron desmesuradamente, la negación u