La Casa Blanca seguía siendo una fortaleza de desesperación para Nathaniel Vance. Los días se habían fusionado en una agotadora sucesión de reuniones con especialistas, llamadas a laboratorios de investigación de todo el mundo y un análisis minucioso de cada posibilidad, por remota que fuera, pero la conclusión de los expertos era inquebrantable: la cápsula en el tronco encefálico de su hijo era una bomba de tiempo. La única llave para desactivarla estaba en manos de Rebecca Thorne.
Vance se ha