La tenue luz del anochecer apenas iluminaba la habitación de Anastasia, creando sombras danzarinas que hacían aún más palpable la frágil esperanza que se había encendido en el corazón de Nathaniel Vance. La lucidez de Anastasia, fugaz como un sueño, lo había sacudido hasta lo más profundo. Su súplica: "Ayúdame… solo quiero ser feliz con mi bebé", resonaba en sus oídos, una melodía dolorosa que prometía un camino de regreso.
Vance se inclinó sobre ella, la mano de Anastasia aún tibia y frágil en