El Liberty Medical Center era un infierno humeante y un testimonio de la despiadada eficiencia de la Resistencia. Nathaniel Vance se movía entre los escombros, su traje arrugado y manchado de hollín, sus ojos desorbitados por el horror y la negación. El aire olía a quemado, a muerte, pero para él solo existía el vacío ensordecedor donde debería estar Anastasia.
—¡Anastasia! —gritaba, su voz desgarrada, mientras los agentes del Servicio Secreto y los militares intentaban, en vano, contenerlo.
—¡