El frío cañón de la pistola contra su frente era una sentencia de muerte silenciosa. Nathaniel Vance, el hombre más poderoso del mundo, yacía inmovilizado en su propia cama, rodeado por sombras. Los cuatro hombres encapuchados eran como fantasmas, moviéndose con una eficiencia aterradora en la oscuridad de su dormitorio presidencial. ¿Cómo habían entrado? ¿Cómo llegaron?
—Presidente, tenemos que hablar.
La voz del líder era un susurro grave, carente de toda emoción.
Vance no respondió de inmedi