El aire en la cabaña era un campo de batalla invisible, un huracán de emociones reprimidas y tensiones que amenazaban con estallar en cualquier momento.
Nathaniel Vance, con el corazón latiendo desbocado en su pecho, se quedó paralizado. Ante él, de pie entre él y Ellis, estaba la mujer que había amado, la que creía muerta. La furia, el odio, la ira que había alimentado durante el viaje se disiparon, reemplazados por una conmoción tan profunda que lo dejó sin aliento.
Vance la observó, sus ojos