88. El Refugio en Charles
Isidora no podía irse inmediatamente de la mansión Almonte. Sus piernas temblaban demasiado, su visión seguía borrosa por las lágrimas. Se apoyó contra la pared del pasillo, tratando de recuperar la compostura.
—¿Señorita Isidora?
La voz gentil la hizo levantar la vista. Charles Green estaba de pie al final del pasillo, una bandeja con té en sus manos. A sus sesenta y tantos años, el mayordomo que había servido a la familia Almonte por décadas todavía irradiaba dignidad tranquila. Pero su expre