ANTONELLA
Los pasos pesados resuenan contra las paredes de piedra cuando la puerta se abre de golpe. El mismo hombre que ha estado trayendo la comida entra sin ceremonias. Alto, corpulento, con esa mirada vacía de matón de turno.
Su expresión no cambia cuando se acerca y me toma del brazo con rudeza. Comienza a arrastrarme hasta la salida.
—¿A dónde me llevas? —protestó con voz firme a pesar de la sequedad en mi garganta.
Pero el imbécil no responde.
—¿Qué mierda piensas hacer conmigo?
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