Las linternas tácticas apenas se encendieron lo justo para guiar el terreno, no en lo alto, sino hacia el suelo. La orden de Luca era clara: ningún destello debía delatar su presencia.
El follaje era tan espeso que a cada paso parecía que la selva misma los tragaba. El calor húmedo se les pegaba en la piel como una segunda ropa. Insectos invisibles zumbaban en el aire, y de vez en cuando, el crujido de una rama bajo las botas hacía que todos se tensaran como resortes.
Alan maldijo en voz baja.