ANTONELLA
El hombre que me sostenía prácticamente me arrastró hasta una habitación diferente, más amplia y ligeramente iluminada. La luz que entraba desde un pequeño farol colgado en una esquina era tenue, pero suficiente para permitir que mis ojos hinchados empezaran a distinguir los detalles del lugar.
No era menos sombrío que el resto de aquel infierno, pero al menos parecía… menos hostil. Una cama solitaria, con un colchón viejo y una manta gris descolorida, ocupaba el centro del espacio.